Año con año se llena de esperanza: si Cristo con su Encarnación asumió la naturaleza humana, con su Resurrección la lleva a su plenitud.
Año con año la Iglesia espera la noche de la Pascua -eje de la vida litúrgica- año con año espera el mensaje pascual del Papa.
Año con año se llena de esperanza: si Cristo con su Encarnación asumió la naturaleza humana, con su Resurrección la lleva a su plenitud, a su última vocación y destino eternos.
Año con año la celebración pascual nos invita a levantar la mirada y otear en el horizonte la belleza y la profundidad del camino que Dios nos tiene preparado.
En definitiva, es la Resurrección el motivo de nuestra esperanza y Cristo resucitado nos revela el destino último de nuestra vida: “se siembra en corrupción, y se resucita en incorrupción; se siembra en vileza, y se resucita en gloria; se siembra un cuerpo animal, y se resucita un cuerpo espiritual” (1 Corintios 15, 42-44).
Pascua 2006. Benedicto XVI comentaba: “¡Cristo ha resucitado!...
En las iglesias se han encendido innumerables cirios pascuales para simbolizar la luz de Cristo que ha iluminado e ilumina a la humanidad, venciendo para siempre las tinieblas del pecado y del mal… Desde aquella mañana, estas palabras siguen resonando en el universo como anuncio perenne”.
Jesús al resucitar ha vencido de una vez y para siempre el poder del maligno; nosotros debemos unirnos a Cristo, para ir venciéndolo en nuestra vida y luchando para extirparlo del mundo que nos rodea.
Nada de ingrata tiene esta tarea, si bien requiere un esfuerzo continuo, porque sabemos que el mal ya ha sido vencido, sólo tenemos que “pasarnos del lado del vencedor”.
¿Cómo nos unimos a Jesús?, ¿de qué manera entramos a formar parte del “contingente vencedor”, de los que destierran el mal de su vida y se empeñan en erradicarlo del mundo? “Su resurrección, gracias al Bautismo que nos incorpora a Él, es nuestra resurrección.
Hoy, también en esta época nuestra marcada por la inquietud y la incertidumbre, revivimos el acontecimiento de la resurrección, que ha cambiado el rostro de nuestra vida, ha cambiado la historia de la humanidad.
Cuantos permanecen todavía bajo las cadenas del sufrimiento y la muerte, aguardan, a veces de modo inconsciente, la esperanza de Cristo resucitado”.
A través del Bautismo y de los demás sacramentos –especialmente la Eucaristía- nos llenamos de la misma fuerza que resucitó a Cristo, haciéndonos capaces de cambiar nuestra vida y nuestra sociedad.
Pascua 2007. El Papa reflexiona sobre la realidad de terribles y por desgracia frecuentes acontecimientos, que parecen poner en duda la firmeza de nuestra fe y nuestra confianza en el poder del Resucitado.
“¡Señor mío y Dios mío!... Cada uno de nosotros puede ser tentado por la incredulidad de Tomás.
El dolor, el mal, las injusticias, la muerte, especialmente cuando afectan a los inocentes - por ejemplo, los niños víctimas de la guerra y del terrorismo, de las enfermedades y del hambre-, ¿no someten quizás nuestra fe a dura prueba? No obstante, justo en estos casos, la incredulidad de Tomás nos resulta paradójicamente útil y preciosa, porque nos ayuda a purificar toda concepción falsa de Dios y nos lleva a descubrir su rostro auténtico: el rostro de un Dios que, en Cristo, ha cargado con las llagas de la humanidad herida.
Tomás ha recibido del Señor y, a su vez, ha transmitido a la Iglesia el don de una fe probada por la pasión y muerte de Jesús, y confirmada por el encuentro con el Resucitado.
Una fe que estaba casi muerta y ha renacido gracias al contacto con las llagas de Cristo, con las heridas que el Resucitado no ha escondido, sino que ha mostrado y sigue indicándonos en las penas y los sufrimientos de cada ser humano”.
Es por eso que el cristiano puede mirar confiadamente al mundo y a su propia vida, he ahí la raíz profunda de la alegría y el gozo pascuales.
“Sus heridas os han curado (1 Pedro 2,24), éste es el anuncio que Pedro dirigió a los primeros convertidos.
Aquellas llagas, que en un primer momento fueron un obstáculo a la fe para Tomás, porque eran signos del aparente fracaso de Jesús; aquellas mismas llagas se han vuelto, en el encuentro con el Resucitado, pruebas de un amor victorioso.
Estas llagas que Cristo ha contraído por nuestro amor nos ayudan a entender quién es Dios y a repetir también: Señor mío y Dios mío.
Sólo un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el dolor inocente, es digno de fe.
Queridos hermanos y hermanas: a través de las llagas de Cristo resucitado podemos ver con ojos de esperanza estos males que afligen a la humanidad.
En efecto, resucitando, el Señor no ha quitado el sufrimiento y el mal del mundo, pero los ha vencido en la raíz con la superabundancia de su gracia.
A la prepotencia del Mal ha opuesto la omnipotencia de su Amor. Como vía para la paz y la alegría nos ha dejado el Amor que no teme a la Muerte ”.
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