Cuando un satélite es colocado en la órbita geoestacionaria, su vida útil depende de las variaciones que sufre en su posición y orientación con respecto a la Tierra.
Cuando un satélite es colocado en la órbita geoestacionaria, su vida útil depende -en gran medida, aunque no exclusivamente- de las variaciones que sufre en su posición y orientación con respecto a la Tierra causadas por la no uniformidad del campo gravitacional terrestre.
Debido a esta asimetría o triaxialidad del campo gravitatorio, se ejercen fuerzas sobre el satélite, que lo empujan indeseablemente de un lado a otro; de allí que, para realizar los ajustes necesarios desde la Tierra y regresarlo a su posición idónea de trabajo, es necesario encender sus propulsores a control remoto -aunque el satélite también tiene cierta autonomía asociada con sus procesadores de información-, con el consiguiente consumo de una parte de su combustible.
Este precioso recurso energético es limitado, pues depende del volumen de los tanques de almacenamiento en el satélite y de la precisión o imprecisión de las maniobras involucradas.
En el caso de México, la vigilancia de los satélites y las correcciones necesarias son ejecutadas desde el Centro de Control ubicado en Iztapalapa, DF.
Decir que el campo gravitatorio de la Tierra tiene triaxialidad significa que no es esféricamente uniforme alrededor del planeta, ya que la masa de éste no está distribuida en forma homogénea, y además la Tierra no es una esfera perfecta, porque está achatada en los polos y el círculo ecuatorial -que queda en el mismo plano que la órbita geoestacionaria- no es en realidad un círculo, sino una elipse, aunque con muy poca excentricidad: el eje mayor es unos 150 m más largo que el eje menor.
Los movimientos que todo satélite sufre por fuerzas externas, ajenas a su ideal lugar de trabajo en el espacio, son referidos como “la deriva” del satélite, y a su valor acumulativo se le denomina “progresión de longitud”.
Esta progresión no es la misma para todos los satélites geoestacionarios, porque depende de dónde esté -por ejemplo, sobre el océano Indico o el Pacífico; claro, a 36 mil km de altitud- y de qué tan cerca se halle de uno de los dos puntos de equilibrio o “cementerios”.
Los dos cementerios o puntos de equilibrio se encuentran diametralmente opuestos en el plano ecuatorial.
Uno de ellos está en la posición de 105 grados oeste sobre la órbita geoestacionaria -y también en otras órbitas coplanares de diferentes altitudes-, por arriba del océano Pacífico; el otro está en 75 grados este, por arriba del océano Indico.
Estos dos sitios son -para un satélite desactivado y sin combustible para moverse en forma autónoma- una especie de prisión fúnebre, pues el artefacto pasa por ahí, se pasa un poco y regresa; en su regreso hacia la izquierda o la derecha, se pasa también un poco con respecto al punto de equilibrio, pero poco después se frena y vuelve a regresar, y así sucesivamente con un movimiento pendular u oscilatorio, de un lado a otro, siempre en las cercanías del centro del cementerio.
Los satélites geoestacionarios de la actualidad pesan varias toneladas y al final de su trabajo normal o vida útil, cuando ya casi no tienen combustible en sus tanques, se les desactiva para evitar posibles interferencias radioeléctricas con otros satélites “jóvenes” cercanos, pero al mismo tiempo su pequeño remanente de combustible es utilizado para que el satélite desaloje el lugar que ocupó durante años -pues ahí se pondrá otro de nueva generación-.
Por lo tanto, las “últimas gotas” del precioso líquido energético alimentan los propulsores para llevar al satélite hacia otra órbita de radio ligeramente mayor -algunos cientos de metros- que el de la geoestacionaria.
Allí, el satélite seguirá obviamente orbitando la Tierra e irá desplazándose hacia el cementerio más cercano, y durante siglos permanecerá oscilando en sus cercanías, yendo de un lado a otro como la cabeza de un péndulo.
Seguramente el lector intuye que no es conveniente ponerlo en una órbita de radio ligeramente menor pues, para otros lanzamientos, todo satélite inerte representaría un peligro adicional a los miles de desechos que de por sí orbitan la Tierra.
El dañado satélite Galaxy 15 -denominado en estos días como “el satélite zombi”-, operado por el consorcio internacional Intelsat, y que hoy se mueve a la deriva en su camino hacia uno de estos cementerios -a menos que ocurra un milagro y logren restablecer su operación normal- pasó cerca del satélite mexicano Satmex 5 el pasado 24 de septiembre, sin provocar interferencias significativas.
El 1 de octubre saludó de cerca al satélite Solidaridad 2, también sin causar problemas.
Finalmente, el 12 de octubre pasará por las cercanías del Satmex 6, en su errante trayectoria hacia el Este.
Es una lástima que esto haya sucedido, pues el satélite Galaxy 15 apenas fue colocado en órbita en 2005 y se esperaba que funcionase correctamente hasta 2020.
Esto nos recuerda que la tecnología espacial -como cualquier otra- no es perfecta, así como los viajes tripulados, y que siempre habrá un riesgo latente.
De allí la importancia de los seguros. Los invito a mis conferencias de los sábados, a las 12 horas, en el MUTEC, durante octubre y noviembre -consultar calendario en su página-, y les envío muchos saludos.
¡¡¿¿Y qué creen??!! Ya existe la página oficial de la Agencia Espacial Mexicana (AEM); allí -www.
aem.gob.mx- están las fechas y las ciudades donde se realizarán los foros de consulta, conforme a la ley.
Enhorabuena a la SCT y a la AEM. *(Lecciones de Dinámica Orbital 4) acuario1952@prodigy.net.mx *Agencia El Universal