La infinita misericordia de Dios se manifiesta de muchas maneras. Desafortunadamente no todos han querido vivirla y prefieren permanecer indiferentes.
La infinita misericordia de Dios se manifiesta de muchas maneras. Desafortunadamente no todos han querido vivirla y prefieren permanecer indiferentes ante la llamada de amor de Aquel que nos ha creado por amor.
Una de las parábolas más hermosas que encontramos en la Sagrada Escritura es la del Hijo Pródigo (Lc 15, 11-32).
Es un mensaje hecho para los hombres y mujeres de todos los tiempos, es un mensaje siempre actual, tiene la bellísima intención de levantar la moral de aquellos que se encuentran deprimidos espiritualmente.
Si el corazón humano es duro con el débil, el corazón de Dios es infinitamente tierno y misericordioso.
Junto a esto, leemos varias veces en el Evangelio las acusaciones de las que es víctima nuestro Señor.
Los fariseos constantemente le restriegan que convive mucho con los pecadores y hasta come con ellos, a lo que Jesús responde con una sola frase: “No son los sanos, sino los enfermos, los que necesitan del médico” (Mt 9, 12).
En esta parábola el Señor nos demuestra su gran amor, podemos decir que son muchas historias en una sola.
Aquel padre vive todavía, existen hijos e hijas que van y vienen constantemente. Otros que no se atreven a volver, ya que han despilfarrado todo lo que se les ha dado, perdieron la gracia, la dicha que buscaban se disolvió de repente.
Son vidas desperdiciadas, quemadas antes de tiempo, viejos prematuros para quienes todo se acabó, excepto la esclavitud de sus vicios.
Humanamente hablando nada se podría esperar, pero ante Dios, TODO ES POSIBLE.
La vuelta a la Casa del Padre es un milagro de la gracia que siempre es posible, pero nuestro buen Dios, siempre respeta la libertad de sus hijos y no suele forzar a nadie.
El Padre siempre estará esperando; pero no mandará al policía. Si en lo humano lo que cuenta muchas veces son las actitudes exteriores, las apariencias, ante Dios lo único que vale es lo voluntariamente salido del corazón.
Dios está esperando con el corazón siempre abierto.
Este mensaje debe ser para nosotros una invitación a la reflexión y a la decisión de volver a nuestro Padre Dios.
El signo de esta vuelta, está al alcance de nuestra mano y bien sabemos que cuesta, pero los resultados son maravillosos: La Confesión.
Este sacramento, instituido por Cristo, es el que nos permite vivir la regeneración, es el sacramento por el que el hijo pródigo se levanta nuevamente, constituido como hijo, con todos sus derechos.
Levantarse de la confesión es sentirse nuevo, recién nacido, libre de todo mal que ahogaba nuestra vida.
En los más humildes confesionarios, de cualquier Iglesia del mundo, se vive constantemente la escena del hijo pródigo feliz en los brazos de su padre.
Aprovechemos estos días, en los que se acercan las celebraciones de la Natividad de nuestro Señor, para volver a los brazos de nuestro Padre Celestial.
No tengamos miedo de reconocer nuestra necesidad de Dios, antes bien, dispongámonos a dejarnos envolver por su infinita gracia y misericordia.