En la Tierra, había mucha emoción entre la población entera de nuestro querido país. Sin embargo, curiosamente, algunos criticaban el viaje.Rodolfo Neri Vela / Agencia El Universal.- Advertencia: la lectura de este artículo no es apta para ciertos malinchistas y adoradores exclusivos de los personajes y valores extranjeros, particularmente en el marco de nuestras celebraciones de Independencia y Revolución, que nos han dado una identidad propia.
Bajo advertencia, no hay engaño… Era el 26 de noviembre de 1985, hace 25 años. Después de cumplir con mi entrenamiento intensivo en la NASA, similar al que recibieron el primer astronauta de Canadá (Marc Garneau, 1984) y el hoy director general de la Agencia Espacial Canadiense (Dr.
Steve MacLean, 1992), me encontraba sentado dentro del orbitador Atlantis, con la mirada hacia el cielo, listo para despegar junto con mis seis compañeros de la Misión 61-B.
En nuestra “cajuela” o compartimiento de carga llevábamos tres satélites; uno de ellos era el Morelos 2 de México.
Y en algunas gavetas del interior de la cabina iban almacenados varios experimentos diseñados por investigadores mexicanos, que yo tendría que desarrollar en la microgravedad del espacio, así como las cámaras fotográficas para documentarlos y para tomar más de 500 fotografías del territorio nacional mexicano.
Sentía una gran emoción y sabía que los ojos de todo México estaban sobre mí, pendientes de qué haría y diría durante esos siete días que nos aguardaban en órbita terrestre.
Lo que casi un año atrás había iniciado como una simple participación en un concurso de selección, del que salí vencedor, en esos momentos se había convertido en una gran responsabilidad hacia mi patria, pues yo tendría el privilegio de ser el único astronauta de México del siglo XX, y también el único hasta la fecha.
Pocos segundos antes, los tres sedientos motores del orbitador habían comenzado a rugir estruendosamente, succionando oxígeno e hidrógeno líquidos del tanque de combustible.
El conteo regresivo continuaba. CUATRO… TRES… DOS… UNO… ¡Y entonces los dos cohetes laterales se encendieron! Ya nada podía detener el despegue del Atlantis.
Iniciamos nuestro ascenso mientras, desde lo lejos, los asistentes contemplaban el increíble espectáculo nocturno.
Los segundos y los minutos transcurrían rápidamente; la aceleración aumentaba cada vez más, hasta alcanzar los “3 g”.
Todos parecíamos calcomanías pegadas a nuestros respectivos asientos y nos costaba muchísimo trabajo y esfuerzo respirar… Hasta que llegamos al espacio… Sólo habían transcurrido 10 minutos desde el despegue, ¡y ya estábamos en órbita alrededor de la Tierra! México estaba siendo representado en el Cosmos, por primera vez en toda su historia, con un ciudadano suyo portando su bandera.
En la Tierra, había mucha emoción entre la población entera de nuestro querido país. Sin embargo, curiosamente, algunos criticaban el viaje (creo que fueron los que perdieron en el concurso); en mi propia Alma Máter, la UNAM, ciertos “investigadores” de ciencias políticas decían que “estrictamente, se trataba de un primer pasajero a bordo del taxi espacial, y no de un astronauta”.
O sea, se trataba de alguien que se había subido a un taxi. Varios de ellos se encargarían de recalcarlo hasta el agotamiento, frenando así el avance de nuestro país por sus envidias y egocéntricos protagonismos.
Con motivo de ese hecho histórico, ya que fuimos el primer país hispanoamericano que fue al espacio con la NASA, la SCT emitió un timbre en 1985.
Y en estos días, la misma dependencia federal me dio la grata sorpresa de emitir un segundo timbre, conmemorando el Aniversario 25 del primer viaje al espacio de todos los mexicanos.
Estoy sumamente agradecido, pues a pesar de tanto lodo, malinchismo y noticias nefastas que cubren a nuestro hermoso y querido México, aún hay pequeñas luces de esperanza y algunos políticos generosos hacia los hechos históricos de nuestro pueblo.
Ese mes de noviembre de 1985 los ojos del mundo estaban sobre México, admirándolo por haber conquistado el espacio, y a pesar de haber sufrido dos meses atrás con el fatídico terremoto que había enlutado a miles de familias de nuestros compatriotas.
El que un mexicano estuviese en el Cosmos habría de motivar a millones de niños y jóvenes para superarse, para ser mejores hombres y mujeres, para estudiar ciencias e ingeniería, para querer más a su patria, para sentirse orgullosos de ser mexicanos.
Y por eso, en el segundo foro de consulta de la Agencia Espacial Mexicana (www.aem.gob.mx), que se llevó a cabo la semana pasada en la ciudad de Pachuca, yo propuse -contra viento y marea- la necesidad de que a mediano plazo, dentro de unos cinco o seis años, México vuelva a tener otro mexicano en el espacio -hombre o mujer-, que por segunda vez lleve nuestra bandera, nuestros experimentos, nuestra identidad.
Ese día, yo seré el primero en aplaudir y nunca diré que “estrictamente, sólo se trata de un pasajero”. Comentarios: acuario1952@prodigy.net.mx