El líder libio, Muamar el Gadafi, tiene los días contados. Con una oposición rebelde armada que pelea por mantener el control de territorios en el este del país, y la intervención de fuerzas aliadas internacionales, auspiciadas por la ONU y comandadas por la OTAN, que pretenden contener el uso de la aviación militar libia en contra de los rebeldes, el fin del dictador libio parece inevitable. A diferencia de sus colegas de Egipto y Túnez, Gadafi hizo alarde de valentía y ha desafiado la presión internacional y nacional en su contra. Morir como mártir ha dicho que será su destino, ya lo veremos en las próximas semanas o días. Se trata de un dictador con la soberbia necesaria para desafiar a EU, actualmente y también en el pasado, especialmente en la época de Ronald Reagan, que provocó el bombardeo donde murió su hija, Jana, en 1986. En aquél tiempo fue acusado de ser el primer terrorista mundial, una frase emitida al respecto nos refleja el carácter de este coronel libio: “Sí, soy un terrorista cuando se trata de defender la dignidad de este país. Asumiré mis responsabilidades y emprenderé acciones terroristas contra los gobernantes árabes: los amenazaré, los aterrorizaré… y, si puedo, los derrocaré uno a uno”. Gadafi, “El perro loco de Oriente”, un gobernante autoritario con la testarudez necesaria para aferrarse al cargo sin importar las consecuencias. Pudo negociar su salida y tal vez encontrar el camino para disfrutar en su vejez de los millones de dólares que guarda en cuentas bancarias europeas, y por qué no, jugar golf en Isla Margarita, en Venezuela, o disfrutar del mar Caribe en algún lugar de Cuba. Pero su decisión fue otra. El síndrome Hussein lo persigue por doquier. Ya no hay vuelta atrás, los rebeldes esperan capturarlo vivo para enjuiciarlo y ahorcarlo. Los aliados dudan si hacer de un atentado en contra de su vida un propósito expreso de la misión intervencionista. Mientras, Hugo Chávez y Evo Morales han realizado pronunciamientos en contra de las fuerzas aliadas, sin embargo, son sólo palabras no actos que puedan repercutir más allá. Parece ser que el régimen libio se encuentra solo contra el mundo. La liga árabe tampoco lo apoya ya que algunos de sus líderes también son dictadores que no quieren perder el apoyo de Occidente en caso de que el pueblo se subleve en su contra. La única esperanza para exorcizar esta crónica de una muerte anunciada, es que algún gobierno con poderío militar y económico, como China o Rusia, intervinieran en su favor, por lo pronto Gadafi se encuentra solo contra un destino que el mismo construyó. Ejerció el poder con mano dura durante 42 años, pero todo tiene un final y no siempre éste es feliz, al menos para el protagonista principal, ya que para gran parte del pueblo opositor es una lucha para liberarse de un tirano que logró un poderío político a través de un golpe de estado violento, y sólo se irá a través de una insurgencia implacable en su contra. Esta situación bélica que ocurre en el norte de África, en Libia, nos remite a recordar una idea central en el pensamiento juarista, a propósito del natalicio reciente del benemérito de las Américas, que nos permite hacer una reflexión final: “La democracia es el destino de la humanidad, la libertad, su brazo indestructible”. Los países árabes ya no están aislados del mundo, forman parte de la aldea global, las tecnologías de la información han abierto una gran ventana para conocer la democracia y el respeto de las libertades individuales; y como todo ser humano, los árabes anhelan la libertad de pensar, de decidir, de actuar, de elegir a sus gobernantes, quieren construir una modernidad propia. La muerte próxima de Gadafi es un signo de la búsqueda humana por vivir con las libertades que permite la democracia. Será una tarea dura reconstruir el sistema político libio, seguramente surgirán muchas facciones y situaciones étnicas y tribales, pero la democracia puede ser parte de su destino.