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Cobrar deudas
Por: Guillermo Fadanelli*, Domingo, 25 de Marzo de 2012

Quien renuncia al pesimismo se aproxima tanto a la muerte que su felicidad...

Llega a confundirse con la muerte misma: el optimista es el ser más triste de todos los seres que conozco, pero me asombra su deseo de ser feliz.

No soy un condenado a muerte, ni tampoco un cobrador de deudas, un usurero, un político o un abogado y, por lo tanto, ¡tengo derecho a sentirme bien! Pocas cosas me reconfortan tanto como no ser un abogado o no verme en la necesidad de tocar a una puerta para cobrar deudas.

Cuando he querido cobrar una deuda los argumentos me fallan, bajo la mirada y aguardo cualquier oportunidad para olvidarme de ello.

Ni siquiera espero que el deudor me dé un buen argumento. Me conformo con la disculpa o la explicación más inverosímil para dar media vuelta y marcharme avergonzado, apenado por mi deseo de cobrar lo que evidentemente ya no me pertenece.

El dinero no se presta, se regala. Y si tienes suerte, alguien, o ese mismo a quien le diste el dinero, te regalará la misma cantidad, o una mucho mayor.

¿Es esto una especie de filosofía? No lo sé, pero al menos una creencia semejante puede hacerme un poco menos infeliz.

Las deudas que se relacionan con el dinero poco tienen que ver con el honor. ¿Quién ha inventado eso? Estamos llenos de sentencias vacías que repetimos como un ejército de desquiciados en medio de la guerra.

La ebriedad, por ejemplo, da pie a múltiples sentencias falaces. Es verdad que el mundo está poblado de conocedores, pero existen límites para salvaguardar la honradez.

A menudo escucho decir: “mi bebida favorita es...” Tonterías. Los bebedores más sofisticados no son fieles a ninguna bebida, no son puros ni tienen fuertes convicciones.

La pureza sólo existe en la imaginación, ¿cómo expulsarla de allí dentro? ¿Matando a la imaginación, acaso? El ebrio no posee una bebida favorita, creer lo contrario resulta otra seca patraña inventada probablemente por el mismo borracho para hacerse el interesante y para ver a quién atrapa con su conversación.

Los borrachos están al acecho tratando de que un inocente caiga en las redes de sus palabras —los conozco, siempre tienen la frase adecuada para que no te marches de su mesa—, y si vienen las palabras entonces viene otra copa, y así.

Es verdad que en casos fuera de lo normal los bebedores de alcurnia se ven impelidos a hacerse los conocedores, poner motes e inventarse historias acerca de los orígenes del brandy, el whisky o la cerveza, pero en el fondo la sutileza de distinguir entre una bebida y otra es lo que suele incomodarlos más: ellos saben que a las orillas de una ciudad lejana, supongamos Riga, existe un hombre que no tiene nada que beber, ni siquiera un licor de yerbas, y comprenden su sufrimiento, y un amargo dolor se apodera de su alma cuando se imaginan viviendo en una situación semejante: es entonces y de un modo tan preciso cuando conocen el sentimiento de solidaridad más de cerca; es entonces que el pescador de Riga y el obrero de la construcción en Varsovia se hacen hermanos de todos los hombres del mundo.

¿Qué política ha despertado una solidaridad tan profunda como la que se da entre los ebrios? Mirando las cosas desde este punto de vista las diferencias entre el coñac o el alcohol de una enfermería son tonterías, la escasez es el único mal y de lo bueno nada sobra; y si sobra hay un poco de felicidad.

La felicidad de los pesimistas es real porque es efímera y apenas pone un pie dentro de casa su cuerpo ya se está marchando por la ventana.

¿Por qué razón escribo acerca de esto cuando había prometido escribir hoy sobre una polémica filosófica europea? Porque el lunes pasado, casi en mis narices, durante una reunión, me han robado La casa del Ángel fuerte, la novela de Jerzy Pilch, subrayada, leída varias veces.

Supe quién había sido, una mujer ebria, y no pude reclamar, como suele sucederme cuando debo cobrar una deuda, ¿cómo iba a decirle: “sé que tienes mi libro en ese bolso”? No pude, bajé la mirada y me conformé.

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