Una de sus canciones románticas se las dedicó a todas ellas que por un amor han sufrido, algunas lagrimas se vertieron por su dulce faz de niña aseñorada. Con un maquillaje recargado y una brillante voz, así se presentó Demi Lovato en el Auditorio Nacional, la chica a la que un canal de Disney, desde niña, volvió una estrella.
Aquella que con su suficiente escuela musical hace soñar a las jovencitas de 12 a 19 años, que coreaban sus canciones y emocionadas bailaban como si nadie las viera.
Portando una vestimenta entre roquera y formal, una camiseta recortada del grupo de rock duro Judas Priest, una blusa larga, tipo tela de gasa, que simulaba en ocasiones una capa.
Por encima usaba un saco con lentejuelas que reflectaba la luz de forma multicolor, llevaba sus medias rotas con agujeros al estilo de Gloria Trevi, ésa mujer que la estadounidense quizá nunca haya oído mentar, pero que con un estilo desenfadado similar, alguna vez llegó a gritar sus propias canciones.
Tacones de más de diez centímetros, grandes plataformas, la piel de sus brazos marcados por la tinta que un tatuador, tal vez, sin entenderlo, plasmó ésas palabras sueltas llenas de significado para ella, y hasta la imagen de unos labios rojos carmesí que simulan un beso, Demi Lovato, señoras y señores, es todo eso.
Una de sus canciones románticas se las dedicó a todas ellas que por un amor han sufrido, algunas lagrimas se vertieron por su dulce faz de niña aseñorada.
En otra canción tocando el piano agradeció a su público el apoyo en esos días oscuros cuando sufrió desórdenes alimenticios, la terrible bulimia que casi apagó su voz, y una adicción a las drogas que, gracias a intensas terapias y tratamientos, logró dejar atrás.
Una fan le arrojó una diadema con orejas de Mickey Mouse, ella se las puso divertida y también, al querer levantar una bandera mexicana que estaba en el suelo, casi cae de bruces por habérsele atorado en un tacón.
Ella sólo se hincó riendo sin dejar de cantar, recobró la compostura y siguió adelante con el espectáculo, simplemente porque el show tiene que continuar.
La orquesta compuesta en su totalidad de jóvenes virtuosos de la música tocaron los ritmos sincopados, melodías, y fusiones entre Hip - hop, Soul y Gospel.
Sin ánimo de compararla, en momentos al público le recordaba a una joven Madonna Louise Ciccone; en el ámbito nacional a la cantante María José, ex de los Kabah, sobre todo por su similitud en facciones.
Por el color de la voz, junto con sus coristas, sonaban muy parecido al trío Wilson Phillips de finales de los 80, fueron momentos inolvidables para muchas jóvenes de cuerpo, alma y corazón.