Por: Julio Faesler
El caso de Andrés Manuel López Obrador es preocupante. Su obsesión por llegar a la Presidencia de la República, cultivada a lo largo de muchos años, no ha cambiado ni en concepto, ni en discurso. En su campaña actual montada en la pedacería de las izquierdas mexicanas, no hay más que la repetición, ya enfermiza, del relato de la Presidencia robada en 2006 y de los innúmeros complots que como hiedra venenosa prolifera en todo el escenario. Andrés Manuel López Obrador reactúa aquella vivencia, la empalma, directamente, sobre la trama de 2012 con mecanismos electorales mejorados, más supervisados y vigilados. López Obrador sigue atorado eel mismo canal: “…estoy seguro de que vamos a ganar” dijo en el programa Tercer grado esta semana. “Han cambiado las condiciones… en 2006 se valieron de que nos faltaba organización, ahora tenemos organización, hay millones de ciudadanos respaldando la transformación del país… soy el dirigente de un movimiento, pero el motor del cambio son los ciudadanos… no es la lucha del poder y para el poder, mucho menos la ambición al dinero…” En todos sus mítines acicatea a su gente a luchar por utopías inalcanzables. Se contradice luego con los líderes del sector económico, a los que extiende un lenguaje de conciliación. Falta siempre la explicación concienzuda de sus propuestas, generales, sin planes coherentes de ejecución. Vacío en lo económico, impráctico en lo político, Andrés Manuel regresa a su estribillo madre, el del fraude sistémico que lo persigue. Aquí está el meollo del problema. Reducir gastos de gobierno; eliminar subsidios; instalar un nuevo sistema fiscal; pretender crecimientos de 16% al año, que se requiere para crear más de un millón de empleos anuales; seguir de frente con muchas más reformas igualmente profundas, significa desmantelar para luego rehacer el rompecabezas de la convivencia nacional vía consensos populares. Con tal gran proyecto, el intrépido presidente reformador, sin mayorías en el Congreso, produciría impases legislativos peores que los ya vividos. Intentaría el recurso de acuerdos callejeros. Sin posibilidad de cumplir sus metas, la pérdida de la confianza nacional, contagiando la internacional, detendría la marcha del país. Otra posibilidad, es el de dos o tres golpes espectaculares de poder al iniciar su gestión, tras de los cuales aparecerían sus efectos en las realidades internas y externas de México, entramadas en los intereses económicos y políticos del país insertos, a su vez, en la red de la globalización. Bien, pronto le quitarían la espoleta del ímpetu reformador. Pero, tales perspectivas sólo se darían en el caso de que ganara López Obrador el 1 de julio. A los que firmaron el manifiesto con las preguntas más importantes, les sentenció: “Si ustedes no cuidan que las elecciones sea limpias y confiables… tendré que reaccionar por responsabilidad patriótica y democrática”. El mensaje es claro. Ya despuntan los primeros incidentes de agresión en un sector inflamable. Los universitarios del grupo #YoSoy132, nacido como “apartidista” ya están prácticamente asimilados a movimientos de agresiva izquierda. Insistiendo en comicios limpios preparan manifestaciones contra el PRI y contra medios, pero su apoyo es abiertamente para AMLO. Y así con los demás sectores que lo respalden. De no declararse su triunfo las elecciones serán denunciadas como fraudulentas. No importaría el que fuese amplio el margen con que fuese derrotado. Siempre habrá el argumento de que aquel resultado era natural, lógico, previsible y que el percudido sistema ya programaba cómo negarle el triunfo. La “gente” será entonces la que decidirá qué hay que hacer… En el escenario de confrontación nacional del 2 de julio la solidez con que el IFE responda a la situación hará historia, para que el país mantenga su rumbo.