La etapa preescolar es tal vez el momento más crucial del desarrollo integral del niño y el futuro adulto. A esta edad, los sentidos, tanto externos, vista, audición, tacto, olfato, gusto, como internos, es decir los que se activan sin relación directa con otros objetos, -el sentido cinestésico, por ejemplo-, se ven estimulados constantemente y son capaces de ejercer acciones principales, pues juntos se encuentran en plena fase de maduración; entonces, muchas de las destrezas más importantes que llega a adquirir el ser humano se desarrollan en esta etapa de su vida.
Durante los cinco primeros años de formación, el niño requiere la manipulación dirigida de objetos para desarrollar su motricidad, estimular el desarrollo de su pensamiento y el aprendizaje sucesivo de habilidades más complejas como la lectoescritura.
Tareas como rasgar, cortar, pintar, colorear o enhebrar se relacionan directamente con la capacidad del infante de coordinar su visión con los movimientos de manos y dedos.
Estos movimientos controlados y deliberados que requieren mucha precisión, conocidos como de "motricidad fina", desempeñan un rol protagónico en el posterior aprendizaje de la habilidad manuscrita.
Estas tareas, o actividades de coordinación visomotriz, tienen como característica fundamental la introducción de un "objeto", llámese lápiz o papel, dentro de un marco de manipulación y utilización.
Su objetivo es la adquisición del control sobre los movimientos y el consecuente dominio de sí mismo por parte del niño, en relación con los objetos sobre los que actúa y el espacio donde tiene lugar la actividad.
Así mismo, estos ejercicios suponen la representación mental de la acción, antes de realizarla, por lo que se pueden definir como una sucesión ordenada funcional y precisa de movimientos ojo-mano, que implican un adecuado funcionamiento de los órganos visuales y una actividad reguladora del sistema nervioso central, para que se produzca la respuesta adecuada, en este caso las grafías del niño.
Para el niño, el objeto es siempre algo atractivo y siente mucha curiosidad por conocerlo, sobre todo al principio; al dejar que el niño se familiarice con el objeto, y al tener el objeto la capacidad de retener la atención del pequeño, por medio de: condiciones ergonómicas, colores que llamen su atención y de formas amigables que le sirvan de estructura hacen que la tarea del maestro sea cada vez más precisa y exitosa en la búsqueda entre el mundo gestual del infante y el mundo del lenguaje articulado.
En la base de todo este aprendizaje se encuentra lo que conocemos como "percepción", por medio de la cual cada individuo da significado a la información que recibe a través de los sentidos, en este caso muy especialmente a través del desarrollo de la motricidad fina del tacto.
Cada vez que el niño "acciona" sus sentidos, el cerebro activa un proceso de interpretación y clasificación de los datos que recibe y que posteriormente le permiten elaborar conceptos simples y complejos.
La lecto-escritura es un proceso cognitivo que requiere de cierta madurez perceptiva, especialmente en las áreas visual, auditiva y de motricidad.
Por tanto, desde hace varios años, las investigaciones realizadas por los psicopedagogos enfocados en el tema de la preescritura y la didáctica alrededor de la lectura y la escritura han hecho del tema de la psicomotricidad un aspecto al que le han puesto un alto grado de atención, partiendo de la idea de que no se trata de que el niño "aprenda las letras y sus sonidos, las palabras y sus significados", sino de que establezca una relación psicomotriz con el acto de producir lenguaje.